La sombra de Lutero en las “congregaciones” o Comunidades de Castilla

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Análisis de una época revolucionaria.

Uno de los primeros datos que relacionan los acontecimientos de los comuneros con el movimiento de la Reforma en España es el aportado por Usoz y Rio respecto a Hernando de Valdés, padre de Juan y Alfonso de Valdés. Según Usoz y Rio, Hernando, además de algunas aportaciones a la obra de Juan de Valdés, también estuvo ligado al movimiento comunero. Usoz lo expresa así: “pienso que D. Hernando de Valdés, tomó parte favorable á los comuneros, en aquél levantamiento nacional de las Comunidades, que cayó con las nobles cabezas brutalmente cortadas en los campos de Villalár. D. Hernando, sin duda, para salvar á sus hijos de todo compromiso, los envió a la Corte, cuando la grandeza del Emperador, acabó con la que Castilla solía tener. Esto también nos explicaría, que ambos hermanos Alfonso, y Juan, preferían la reforma y mejoramiento, en España, verificados y realizados, por medio de una sólida educación y reforma religiosa; que no con ejércitos de armadas huestes.”[i]

Werner Thomas [ii]dice que tanto el duque del Infantado como el marqués de Villena habían mantenido una dudosa actuación en la guerra de las comunidades, en las que conversos y alumbrados habían apoyado esta subversión. Ambos eran protectores de ellos y ambos habían concluido acuerdos con Acuña para que este dejase tranquilas sus tierras en Toledo y el duque del Infantado sería uno de los últimos en intervenir después de la batalla de Villalar. Además sostiene Thomas que la familia Valdés también tenía antecedentes comuneros. Hernando de Valdés, regidor de Cuenca y varias veces procurador en las Cortes de Castilla, había apoyado al marqués de Villena durante las Comunidades y este sería el motivo de haber sido educado en la Corte de Escalona su hijo Juan de Valdés. “No es de sorprender, por tanto, que entre los enemigos de Erasmo había varios que vincularon las Comunidades con la herejía y que compararon “la bondad de la represión inquisitorial a la santidad de la resistencia armada a las Comunidades” y “la victoria de la ortodoxia en un auto de fe a la victoria imperial en la batalla de Villalar”. “Recordemos- dirá Werner- que en la época poscomunera, caracterizada por una fuerte reacción antijudía, el partido victorioso asoció fácilmente a los conversos y sus intentos de reforma inquisitorial con los comuneros”. Pero esta reacción antijudía también se dirigiría más concretamente a la “factio lutheranorum” española, ya que Lutero mostraba simpatías por los cristianos nuevos y por lo judío en los escritos que circulaban entre los comuneros por lo que Los Cobos reforzaría sus sospechas contra los erasmistas y alumbrados comuneros.

Melquíades Andrés, en su artículo “Lutero y la guerra de las comunidades de Castilla” concibe una aproximación histórica del hecho luterano y el comunero en los años de 1518-1521 como un momento de reforma en España. ¿Estuvieron en relación ambos acontecimientos? ¿Tuvo el luteranismo, como acontecimiento religioso, respaldo político como lo tuvo en Alemania con los príncipes y nobles? Melquíades Andrés dice que Lutero no tuvo protagonismo en la guerra comunera, ni esta en la explosión luterana. Sin embargo cree que ciertas resonancias de los conflictos religiosos y políticos alemanes, tuvieron cierta inmediatez en los conflictos de las comunidades. Más aún, resalta Melquíades Andrés el impacto dolido de aquella guerra comunera en la corte de Caros V y en algunos españoles que relataron estas coincidencias en las primeras décadas del protestantismo. Algunos textos parecen apuntar a esas interrelaciones comuneras y luteranas, aunque la primera imagen luterana en España siempre vino envuelta en la bandera de lo religioso- dirá este autor. Estos textos unos son del confesor de Carlos V, el general de la orden dominicana García de Loaysa; otro de Juan de Vergara, “fino luterano endiosado” lo llamará Diego Hernández, y otra de Melchor Cano.

El texto de Loaysa es una reflexión política, donde se mantiene contrario a los comuneros de Castilla y partidario del Emperador a quien estimó considerablemente. Antes de marchar a Roma para preparar el Concilio y por tanto antes de dejar el cargo de confesor, sostuvo una interesante correspondencia con el Emperador y su secretario Cobos. El texto que cita Melquíades Andrés es el siguiente: “Algún día me dijo V.M. que deseaba emplear su vida en defensión de la fe, porque con otra cosa no parecía poder recompensar las infinitas mercedes que de Dios avíades recibido. Ahora es, comienza el tiempo en que V.M. entienda si eran ypócritas y falsas aquellas palabras, o si eran cordiales y verdaderas”. Loaysa era buen jurista, religioso eximio, consejero recto, a veces duro y acaso algo entrometido, dada la difícil y recia psicología del Emperador. Por eso probablemente fue apartado de la corte y enviado a Roma. En carta a Carlos V enjuicia el hecho con extrema dureza: “Yo, a Dios gracias, estoy bueno y no me falta deseo de serviros, ni a Vuestra Majestad sin razón de haberme desterrado de vuestro servicio, mucho más en ofensa de vuestra ánima y servicio, que en gloria de los que movidos de envidia esto deseaban” No me extrañaría que una de las causas del alejamiento hubiera sido la línea de fuerza que Loaisa propiciaba en 1530, en una corte partidaria del pacifismo erasmista en relación con el luteranismo – dirá Andrés.

El pasaje en que Loaysa pone en relación a comuneros y luteranos pertenece a una carta dirigida desde Roma al Emperador el día 8 de octubre de 1530: “Hame pesado en el corazón la desvergüenza y porfía que esos herejes han tenido en sus errores, y mucho más de la poca esperanza que queda de concierto, y sobre todo me duele la mala disposición que veo para el verdadero remedio que es la fuerza. Siempre los comparé con los comuneros de Castilla, que buscando el camino de blanduras y medios más que honestos, perdimos el tiempo sin hacer ningún fructo, hasta que se tomó con ellos el cierto y perpetuo remedio que fue la guerra. Sin duda ninguna por este norte se habla de navegar en este piélago de maldades”. La visión que tiene Loaisa es que el movimiento luterano, y protestante en general, no se estaba atajando pues consideraba fracasados todos los métodos pacíficos. Por eso Loaisa escribirá con crudeza e ironía: “Señor, en otras letras he dicho que este nombre de concilio aborresce el Papa como si se mentase al diablo”(…): «Señor, siempre escribí que esos no dejarían sus herrores aunque les prometiésedes diez concilios, cuanto más uno…” “Trabajéis de persuadir esos herejes tomen algún buen medio en sus errores, moderándolos en la sustancia, permitiéndolos en lo ceremonial de tal manera que queden vuestros servidores en todo caso, y ansí lo sean de vuestro hermano; y si quisieren ser perros, séanlo y cierre Vuestra Majestad sus ojos, pues no tenéis fuerza para el castigo, ni manera alguna para sanallos a ellos ni a sus subcesores… De forma, Señor, que es mi voto que, pues no hay fuerzas para corregir, que hagáis del juego maña, y os holguéis con el hereje como con el católico, y le hagáis merced, si se igualare con el católico en servicios. Quite ya a V.M. fantasía de convertir almas a Dios; ocupaos de aquí adelante en convertir cuerpos a vuestra obediencia… Este es mi consejo y ansí le firmaré de mi nombre”.

Juan de Vergara pertenece a la generación de los descubrimientos y a las primeras promociones de la Universidad de Alcalá. En 1533 es detenido y acusado de luterano y Longhurst relaciona a Lutero con las comunidades de Castilla en este proceso, pues Vergara conoció su génesis, desarrollo y consecuencias. En el proceso de María de Cazalla y en este de Vergara, Lutero es mirado con simpatía, siempre como reformador de la iglesia y no como hereje o cismático. El pasaje que ya hemos citado en este libro y en el que se cita a las comunidades es este: “Al principio, quando Lutero solamente tocaba en la necesidad de la reformación de la Iglesia y en artículos concernentes corruptionem morum todo el mundo lo aprobaba y los mesmos que scriben contra él, confiessan en sus libros que al principio se le afficionaron. Y quasi lo mesmo acaeció en España en lo de la comunidad, que al principio, quando parecía que solamente se pretendía reformación de algunas cosas, todos lo favorecían; mas después que la gente se comenzó a desvergonzar y desacatar, apartáronse los cuerdos y persiguiéronla. No había cosa más común, al principio, que de dezir unos: Mirad como no se han de levantar Luteros; otros, razón tiene Lutero en lo que dize; otros, bien hizo Lutero en quemar los libros de cánones y decretos, pues no se usa dellos. E nadie se escandalizaba entonces desto. Quanto más que, como en Mahoma se podría loar que quitó el vino a los moros y que les mandó guardar verdad y justicia: así por ventura podrá alguno loar algo en Lutero: pues nihil est oc omni parte malum”. Con Lutero, reformador, todos estaban de acuerdo. Todos querían la reforma de la Iglesia in cápite et in membris. El reverso de la medalla considera al luteranismo posterior teológico, político, litúrgico,…

El tercer testimonio es un poco más tardío y recoge una descripción, a modo de teoría o filosofía, más universalizada sobre las comunidades, lo mismo eclesiásticas que civiles. Pertenece a un informe de Melchor Cano, fechado en el convento de San Pablo de Valladolid el día 15 de noviembre de 1555. Su autor es teólogo insigne, codificador del método teológico de la escuela de Salamanca –dirá M. Andrés. El texto es muy recurrido: “No tenemos, en este tiempo, espiritual capitán y guías, príncipes ni profetas de la autoridad de nuestros preceptores. No tenemos holocausto de perfecta mortificación, no sacrificio de suave devoción, no ofrenda de alegre y pronta obediencia, no lugar de primicias de nuestros primeros intentos puramente enderezados a solo tu servicio… Vuélvenos la alegría de tu familiaridad que tuvimos los primeros días que comenzamos el camino de servidos espirituales… No dijo más porque los sollozos le interrumpían la voz, y así todos nos despedimos gimiendo”.

Estas expresiones suplicatorias de mejores tiempos contrastaban con las de algunos declarantes procesados como el de María de Cazalla. “Esta declarante que oyó decir al principio quel dicho Lutero era muy religioso y avía tenido algunas apariencias de bien y que sí dixo que tenía razón Lutero, que no diría esta declarante tal syno fuese oyendo algunos vicios o desórdenes de los perlados e ministros de la Yglesta e diría que le daban ocasión para decir mal”. Sin embargo ahora las cosas tomaban otras actitudes más severas y Carlos V, Domingo de Soto y otros muchos españoles pedían mano dura. El párrafo que ofrezco,- dirá M. Andrés, está firmado en el convento de San Pablo de la ciudad del Pisuerga el 15 de noviembre de 1555: “La cuarta dificultad es esta. Mucho se debe mirar en las Comunidades, que por sosegadas que entren y justificadas [que] se representen, ordinariamente suelen dar en alborotos i desórdenes, o por mal consejo, o por mala ejecuzión, i de buena causa hazen mala. Por lo cual el hombre sabio, aunque los inferiores pretendan justizia contra sus superiores, debe desfavorezer las tales pretensiones, mayormente cuando la justicia no se ha de librar por leyes sino por armas. I pues en nuestros tiempos muchas naciones se han levantado contra el Papa, haziendo en la Iglesia un zierto linaje de Comunidades, no pareze consejo de prudentes comenzar en nuestra nación alborotos contra nuestro superior, por más compuestos y ordenados que comenzemos. Ni tampoco es bien que los que han hecho motines l hoi dia los hacen en la Iglesia, se favorezcan con nuestro ejemplo, i digan que nos conzertamos con ellos i que nuestra causa la suya es la misma por ser ambas contra el Papa. Ellos dizen mal del Papa por colorar su herejía, i nosotros lo diremos por justificar nuestra guerra; i aunque la causa es diferente, la grita parece una: aunque con la rabia los herejes hazen división; la nuestra no lo es, pero dirán que allá se va i que la semeja mucho. I con los herejes no hemos de convenir en hechos, ni en dichos, ni en aparienzias. I como entre los christianos hay tanta jente simple y flaca, sola esta sombra de religión les será escándalo: a que ningún christiano debe dar causa, por ser daño de almas, que con ningún bien de la tierra se recompensa”.

“El reciente invento de la imprenta servía tanto para difundir las antiguas como las nuevas ideas, y la doctrina protestante había alcanzado una gran popularidad en Alemania. Las tesis luteranas se habían transformado no solo en una crítica religiosa, sino en el germen de un movimiento político con fines de emancipación territorial y de secularización de los bienes eclesiásticos. Carlos, educado entre humanistas, coincidía con los luteranos en criticar las estructuras de la Iglesia. Consideraba que era ésta, y no la fe, la que debía ser objeto de una profunda reforma, puesto que se trataba de acabar con la corrupción de los obispos, las ansias de riqueza y la intromisión en los asuntos públicos, y el escandaloso comercio de las indulgencias, para el que el mismo papa había llegado a autorizar a las mujeres la firma de contratos que luego debían pagar sus maridos”.

Werner Thomas claramente afirma que en los primeros decenios del siglo XVI la reforma de Cisneros supuso una apertura a las influencias luteranas, creando un ambiente propicio a las ideas afines a Lutero. Del mismo fermento espiritual reformador impulsado por los reyes católicos y el cardenal, surgieron la mayoría de las manifestaciones heterodoxas y luteranas y también las políticas. La infiltración de las ideas protestantes se realizó por varios caminos. En primer lugar estarían aquellos españoles de la Corte de Carlos V que le acompañaron a Flandes y Alemania por 1520. Su formación humanista y su afición a Erasmo les harían apreciar a Lutero como un estandarte de esa reforma anhelada. Tampoco la bula Exurge domine podría cambiar los sentimientos de simpatía que en Amberes y Lovaina habían despertado las 95 tesis, aplaudiendo muchos de los cortesanos españoles que Lutero quemase públicamente su condenación. Después de la excomunión del Papa a Lutero las cosas cambiaron y ya no prestarían su apoyo a Lutero, pero seguían vendiéndose libremente por las calles sus obras. En España la influencia de Lutero fue la misma, aunque no se haya querido reconocer. También las fuerzas sociales anti inquisitoriales, los conversos y los comuneros de Castilla formarían un frente común, formando un complejo movimiento. Siendo las Comunidades un movimiento urbano donde los conversos, grupo sumamente urbano, identificarían sus interés con las revueltas en lo que a reforma de la Inquisición y los privilegios se trataba. En Valencia el tema de la Inquisición no entraría entre los ideales de la revuelta. Para Werner por los años de 1510 a 1525 la maquinaria tan perfecta de la inquisición frente al protestantismo, parecía ser un “dique” a punto de quebrarse. Según este autor, el embajador en Roma Juan Manuel, llamaba al obispo de Zamora, partidario y líder de los comuneros “otro Martin Luter”.

Los frailes comuneros, religiosos de la orden de San Francisco, y otras órdenes “que fueron contra el servicio de Dios y de su Majestad, del sosiego de estos Reinos” y fueron considerados “diablos del infierno”, supusieron también un momento de reforma temprano. Algunos maestros en teología fueron condenados y metidos en prisión, al ser excluidos del perdón general. Los frailes Alonso del Bustillo, Pablo de León, Alonso de Medina y Antonio de Villegas y numerosos conventuales de San Esteban de Salamanca que participaron a favor de los comuneros, serían sometidos a la disciplina pero no se darían por vencidos en sus ansias por reformas. Joseph Pérez[iii] quien relata en un voluminoso libro los acontecimientos que ocurrieron en el corto espacio de un año, considera al factor religioso y converso, no tan relevante como lo hace ver Américo Castro. Sin despreciar la importancia del converso en el contexto español, no se puede interpretar la historia de España en función de la situación de los conversos- dirá este autor. Pérez dice que no fueron los conversos los inspiradores de la revuelta, a pesar de la angustia existencial de esta minoría. Sin embargo cita a algunos contemporáneos como el almirante de Castilla que escribía al emperador el 7 de febrero de 1521: “La verdad es que todo el mal ha venido de los conversos”. El obispo de Burgos, en ese mismo mes, declaraba a los “conversos”, como de “dura cerviz” y revolucionarios irreductibles. En abril los inquisidores de Sevilla expresaban que tenían “por cierto que los que principalmente han sido la causa de las alteraciones de Castilla han sido los conversos y personas a las que toca el Santo Oficio de la Inquisición”. En mayo dirán los mismos que “la raíz de la revuelta de estos reinos han causado conversos”. Y en 1547 en cardenal Siliceo dirá que” todo el mundo sabe en España…que la revuelta de las comunidades fue provocada por instigación de los judío-cristianos”.

Es evidente que muchos conversos fueron comuneros, pero no se ha demostrado – dirá Pérez-, que se hicieron comuneros por ser conversos. Para Pérez tanto los frailes, eclesiásticos o conversos no tenían otros ideales que los revolucionarios o políticos, sin que se pueda demostrar o reducir las luchas políticas a los clanes o razas. Sin embargo creo que muchos autores han pasado por alto el mismo significado de comunidad así como congregación de fieles seguidores de unas ideas aunque los textos en este sentido son claros. Tal concepto puede estar ligado a la organización de la iglesia primitiva que se gobernaba por ancianos o de la misma sinagoga. Ciertamente muchos de los nombres que adoptaron las comunidades irán en este sentido. Así en Valladolid el organismo representativo era la congregación, en Zamora y Palencia Junta y en otras partes comunidad. La comunidad de bienes y servicios se desprende de múltiples comunicaciones. En la ciudad de Murcia fueron expulsados los diputados y regidores “al tiempo que esta ciudad se alborotó y estuvo por la comunidad” y “en todas las perrochias”… y de esta manera tenían su congregación y tenían sus escribanos y gobernaban la dicha ciudad syn que ningún regidor, ni jurado, ni caballero ni otra persona de buena intención entendiese entre ellos”. Así pues vemos que había una elección muy parecida a la comunidad cristiana y a la sinagoga, pues “mandaban en sus perrochias que no hiciesen jurados conforme a privilegios e uso e costumbres salvo que hubiese diputados como los había o jurados anuales e no de otra manera”. Así pues la selección de los más competentes para gobernar las comunidades fue la regla general. En algunos casos como la del maestro Bustillo que se le concedió el voto, no sería por razón de su clase eclesiástica sino por sus méritos. En otras ocasiones se nombraron doce elegidos para la administración y gobernación de la ciudad como elemento formal de los doce apóstoles. En Toledo hicieron jurado al doctor Martínez y este lo aceptó de mala gana diciendo: “me querían facer jurado de una perrochia y no quise aceptarlo y dexeles que no me hiciesen obispillo”. Aparecía el pueblo como voz pública en las Comunidades representando una gran originalidad, porque ahora la “voz del pueblo era la voz de Dios” según escribía la Comunidad de Jaén en 1520. La derrota de Villalar daría al traste con esta experiencia comunitaria. (Pérez pág. 511)

Juan Maldonado[iv] escribió la Historia de la revolución de las comunidades de Castilla. Este Maldonado lo tenemos reseñado entre los estudiantes de Lovaina que se reunían en casa de Pedro Jiménez, cuyos principios inspiradores eran los de la Reforma protestante. No es pues extraño este libro que escribió en latín y tradujo el presbítero, José Quevedo, bibliotecario del Escorial. La historia de Maldonado quiere ser la más fiel a la realidad, “no sobre huellas ajenas” sino como experiencia que vivió de cerca. Recrea Maldonado una época interesante de “borrascosas conmociones”, buscando explicaciones de su causa y origen. Maldonado es bastante severo con el subversivo obispo Antonio Acuña a quien califica de hombre guiado más por las pasiones que por la razón, sedicioso, de talento vivo, de ideas desasosegadas, con ansias de guerra aunque fuese civil como esta, ávido de fama y que no se había de tener en él confianza. En el ardoroso discurso de Acuña aparecen los motivos de la guerra de las comunidades: “Creeré haberme granjeado cumplida y superabundantemente grandes riquezas, un nombre célebre, una fama eterna, en fin, el verdadero descanso del alma, con tal que consiga aliviar algún tanto al pueblo de los tributos é inmoderadas exacciones; con tal que obligue a los magistrados a poner coto en saquear á los pobrecitos; con tal que llegue á señalar límites fijos, que no sea lícito traspasar, á los arrendadores de los tributos. ¿Qué mayor gloria, qué patrimonio más rico, qué fama más eterna que el haber aprovechado á mis conciudadanos con toda mi posibilidad, con todas mis fuerzas; que el haber sido de muchísima utilidad á la república , que el haber derogado las leyes que devoran al miserable pueblo. ¿Y qué otra cosa falta, esforzadísimos varones, sino el que vosotros, como os lo aconsejo, puesto que despertáis por fin de vuestro letargo , sigáis y ayudéis con dinero y soldados á vuestro jefe, que nada desea para sí, que solo desea ayudaros valerosamente y aun perder al mismo tiempo la vida? Vuestro jefe no os faltará como vosotros no os faltéis á vosotros mismos. ¿Acaso juzgáis que el auxilio divino faltará á tan piadosa causa? Tratad, no de hacer violencia á nadie, sino de libraros de la dura tiranía que contra vosotros ejercen los magnates, los magistrados regios y algunos implacables logreros; y estad preparados á evitarla, no robando lo ajeno, sino defendiendo lo propio. ¿Por ventura, yo que soy un sacerdote había de aprobar tan enteramente una causa que creyese que no era á Dios muy grata? Sírvaos de una prueba incontestable de que vuestra causa es santísima, el que un obispo, á quien están prohibidas las armas porque se hermanan mal con la piedad, toma con tanto ardor parte en la guerra. Mas diría si creyese que vosotros necesitabais de más largas exhortaciones, y si aun callando yo la misma causa no hablase. Sin duda que una insigne victoria manifestará de un día para otro cuál de las dos causas es más del agrado de Cristo”. A estas palabras de Acuna se respondía con aplausos en todas partes: “Llévanos á nosotros y á nuestros bienes donde te plazca, no haremos contigo estipulación alguna, de ti esperamos todos los bienes, á ti entregamos cuanto tenemos, usa de ello como quieras.”

Maldonado describe el sentimiento de frustración popular después de la derrota de Villalar y la muerte de Padilla, quien había exclamado: “¡ah mi amadísimo Bravo! ayer fue el día en que debimos morir como convenía á hombres nobles y valientes; pero ya hoy como verdaderos cristianos, como piadosos.” Pero Maldonado que defiende al emperador, admira también este movimiento reformador: “ Increíble parece cuánta tristeza y llanto se apoderó de todos los pueblos de España luego que se supo la muerte de Padilla y la derrota de las tropas, pues las ciudades que aún no se habían levantado, siempre hasta aquel día habían esperado una nueva ocasión y estaban pendientes del éxito de Padilla; pero su desgracia afligió mucho mas á los pueblos. Al principio de llegar los rumores de la desgraciada batalla viérais en todas partes á los populares con las cabezas bajas, mirándose mutuamente de reojo, indicando su tristeza en sus movimientos, llorando entre ahogados gemidos lo grande de la desgracia, y afirmando que no faltaría ó Acuña ó algún otro que tratase de vengar los manes de Padilla y quisiese mirar por los pueblos. Los hombres trataban esto con silencioso murmullo y por señas, pero las mujeres no se abstenían de proferir toda clase de injurias públicamente; todo lo llenaban de aullidos y maldiciones, principalmente las de Valladolid, que aun después de haber entrado los virreyes con el ejército, en los primeros días con dificultad se las pudo contener en sus lamentos é imprecaciones, ¿Pero qué no doma el tiempo y el terror? Después que á los que habían obtenido los corregimientos y habían brillado mucho entre los populares los vieron arrastrar al suplicio y ahorcar en medio de la plaza, ó hechos cuartos ofrecer á los viajeros un espectáculo aterrador, cesaron en los lamentos y maldiciones”.

La reconquista de la alta Navarra por parte del rey de Francia, Francisco I, sin costarle ningún esfuerzo, también es descrita por Maldonado con cierta benevolencia. Los de Pamplona les habían abierto las puertas voluntariamente y también habían puesto sitio los franceses en Logroño. Antonio Acuña y María Pacheco, esposa de Juan Padilla, la cual pasaba revista a los soldados, arengaba bastante bien y desempeñaba las funciones de un valiente general, habían solicitado a los franceses para que pasasen los Pirineos. Maldonado califica a los navarros franceses de “ansiosos de novedades” y a sus hermanos españoles de no poner resistencia y abrirle las puertas voluntariamente. ¿Fue España siempre un muro contra la Reforma? No lo parece en este caso temprano, aunque solo se hablase de asegurar la libertad de los pueblos. Lo que deja claro Maldonado respecto al movimiento religioso de la Reforma, en la introducción del libro, es que deseaba la unión de los cristianos, donde el emperador trabajaba para que se celebrase un Concilio, “con el fin de apartar a los alemanes e ingleses de las novedades y opiniones impías”.(Maldonado,1840, pág.VIII)

Werner Thomas nos resume esta situación religiosa-política de la siguiente manera: “Durante las dos primeras décadas del siglo XVI el Santo Oficio experimentó ataques continuos de varios sectores de la sociedad española que quisieron reformarlo. El partido felipista desempeñó un papel importante en estos ataques. El momento culminante del movimiento anti-inquisitorial fueron las Comunidades. Pronto los comuneros pidieron la abolición de la Inquisición y se descubrió que los conversos divulgaron entre ellos escritos de Lutero en apoyo de su petición. Los erasmistas y alumbrados también estaban vinculados al partido comunero. Propagaban además una espiritualidad interiorizada que eliminaba el papel de la Inquisición, y los alumbrados incluso querían eliminar la Iglesia en la relación entre Dios y el hombre, ambición que, por lo menos en opinión del partido ortodoxo, compartían con Lutero”.


[i] Introducción al Diálogo de la lengua. Por apéndize va una carta de A. Valdés (in difesa del suo diálogo sopra il sacco di Roma con la risposta del conte B. Castiglione).Autores Juan de Valdés, Alfonso de Valdés Editor Luis de Usoz y Río Publicado en 1860

[ii] Thomas, W. (2001). La represión del protestantismo en España, 1517- 1648. Lovaina: Publicado por Leuven University Press, 2001. Pág. 169

[iii] La revolución de las comunidades de Castilla (1520-1521) por Joseph Pérez.- 1999 – 719 páginas

[iv] De motu Hispaniae, sen de Comunitatibus Hispaniae. El movimiento de España, ó sea Historia de la revolucion conocida con el nombre de las Comunidades de Castilla . Dedicada al Príncipe Felipe el 1 de diciembre de 1545 y publicada en 1840 Juan de Maldonado, José Quevedo 1840 – 360 páginas

Escrito por Manuel de León de la Vega

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Published in: on 20 septiembre 2009 at 2:23  Comments (4)  

Los Tercios españoles y el luteranismo.

tercios_espanolesDice Julio Caro Baroja[i] que Gonzalo Fernández Oviedo a principios de del siglo XVI había visto que en las compañías de soldados alemanes que pululaban por Italia existía una proporción regular de soldados judíos y por ellos se extendían las herejías luteranas.  Menéndez y Pelayo tratando de San Román dice que “algunos arqueros de la guardia del emperador, contagiados de las nuevas doctrinas, recogieron los huesos y cenizas del muerto, a quien tenían por santo y mártir.” Desgraciadamente tampoco conocemos los nombres de los contagiados de las “nuevas doctrinas”. Evaristo de San Miguel en su Historia de Felipe II, también dirá que el luteranismo no solo se concretó en Alemania, sino que pasó a Francia,  Italia y España traído por los soldados luteranos de Carlos V[ii] “pues en las filas imperiales tenían cabida todas las sectas y naciones”. San Miguel culpabiliza a las tropas de Carlos V de las profanaciones en el saco de Roma. Dice:  “Una gran parte de los excesos, sobre todo de las profanaciones que se cometían en Roma durante su ocupación por las tropas de aquel príncipe, se atribuye a los soldados luteranos”. Este autor también busca un chivo expiatorio de este saqueo en los “soldados luteranos” y defiende al emperador frente al Papa y dice que “los mismos soldados de Carlos V y enseguida de Felipe II eran los introductores de la peste (luterana) en cuya extirpación mostraban con tanto afán ambos príncipes”.

Hablando del saqueo de Roma, Menéndez y Pelayo no acusará a los soldados luteranos como lo hace San Miguel, sino que lo considerará el justo castigo de Dios ante los vicios y torpezas de la corte de Roma. Sin embargo cita al secretario de Carlos V, Francisco de Salazar, diciendo: “Y este secretario, que debía de parecerse algo a Valdés y estar un tanto cuanto contagiado de doctrinas reformistas, añade: «Es gran dolor de ver esta cabeza de la Iglesia universal tan abatida y destruida, aunque en la verdad, con su mal consejo se lo han buscado y traído con sus manos. Y si de ello se ha de conseguir algún buen efecto, como se debe esperar, en la reformación de la Iglesia, todo se ternía por bueno; lo cual principalmente está en manos del emperador y de los prelados de esos Reinos. Y ansí plega a Dios que para ello les alumbre los entendimientos…» [iii](Menéndez y Pelayo 2007, 559) Para Menéndez y Pelayo, Salazar está a la altura de Valdés y contagiado de las mismas doctrinas. Al haber varios Francisco de Salazar nos ha resultado imposible hacer una biografía. Bataillon relaciona a este secretario Salazar con Alfonso de Valdés en cuanto a que el Diálogo de Lactancio y un Arcediano, cuya paternidad Usoz lo adjudica a Juan de Valdés, está basado en los hechos relatados por Salazar.

Ana Vian Herrero comienza su comentario al Diálogo de Lactancio haciéndonos ver la Roma de finales del siglo XV promocionada para un turismo de peregrinos que podían visitar las ermitas donde se podían ganar indulgencias, pudiendo visitar otros edificios significativos para los cristianos. En el devoto recorrido los peregrinos podían visitar los lugares de reliquias más impactantes con el objetivo de que el viajero fuese impresionado por Roma. Pero además Roma era una gigantesca maquinaria financiera y burocrática, “paraíso de la trapacería internacional”, ciudad culta y libre en sus costumbres y en su forma de expresarse. “La religión y la política daban el prestigio internacional a Roma. Por eso en las polémicas del siglo XVI se denunciaron con más vehemencia la superstición de las reliquias o la ilegitimidad del poder temporal de los papas.” Con esta ciudad acabaron por un tiempo los soldados de Carlos V.  En La Lozana andaluza de Francisco Delicado se describe así este saqueo: “…sucedió en Roma que entraron y nos castigaron y atormentaron y saquearon catorce mil teutónicos bárbaros, siete mil españoles sin armas, sin zapatos, con hambre y sed; italianos mil quinientos, napolitanos reamistas dos mil, todos estos infantes, hombres de armas seiscientos, estandartes de jinetes treinta y cinco, y más los gastadores que casi fueron todos, que si del todo no es destruida Roma es por el devoto femenino sexu y por las limosnas y el refugio que a los peregrinos se hacían agora”.

Los soldados españoles fueron los que más libertad religiosa y tolerancia disfrutaron en la España del XVI. Dice Werner Thomas que la Inquisición sabía del contagio de los ejércitos en Flandes por el continuo tráfico de soldados españoles que se trasladaba a aquellas tierras norteñas afectadas por el protestantismo. A pesar de todo, no fueron los más molestados como lo fueron los extranjeros que vivían o viajaban por España que eran acusados de luteranos. Aparecen algunos como Alonso del Bustillo, acusado de luterano en el auto de 13 de junio de 1568, Rafael Roca, quien había escuchado sermones luteranos, procesado en 1571, Gonzalo Hernández Bermejo, sastre y soldado en 1561,Julián de Tapia de Cuenca en 1556, Juan Ruiz obrero y soldado en 1567, Juan de León de Toledo en 1596, Francisco de Aguirre y muchos de los luteranos procesados en el Nuevo Mundo entrarían en esta categoría de soldados. Sin embargo es famosa la ferocidad de los soldados españoles, saqueando, pidiendo impuestos revolucionarios, cortando cabezas, degollando y quemando ciudades, que nada tiene que ver con la paz evangélica.

El capitán Francisco de Guzmán

Creemos estar  citando al capitán de infantería Francisco de Guzmán hermano del capitán de caballos Juan de Guzmán, quienes lucharon por los años 1520 y 1521 a favor del emperador Carlos V, y que eran naturales de la villa de Ocaña. Pedro de Rojas, conde de Mora dirá que este capitán había dedicado al emperador el Libro de la gloria mundana y que era natural del Reino de León. Aparece en los cenáculos de Bruselas y Lovaina, con los reformados Felipe de la Torre, Martín López, Furió Ceriol o Andrés Laguna, donde el vigor y la libertad intelectual al amparo de Felipe II y a la sombra de Erasmo, fueron admirados y reconocidos. José Manuel Blecua en “Poesía de la edad de oro” dice que Guzmán es citado por Cervantes en su “Canto de Calíope” y solo se sabe que era capitán al servicio del emperador Carlos V, que su “Triunfos morales” publicados en Amberes en 1557 tuvieron notable éxito, siendo también autor de una Glosa sobre la obra que hizo don Jorge Manrique a la muerte de su padre. También será citado por Cervantes admirando su poesía cristiana en la Galatea[iv].

“Miembro también de esta cortesana sodalitas bruxeliensis fue el capitán Francisco de Guzmán, otro ejemplo de este erasmismo español epigónico que brilló en Flandes a mediados del siglo XVI. Poco hemos logrado averiguar acerca de su vida y vicisitudes. Lo único cierto es que en esta época se encontraba en los Países Bajos y que aprovechó su estancia para dar a la imprenta dos obras herederas todavía del humanismo erasmiano. En 1557 publicó su Flor de sentencias de sabios, glosadas en verso castellano, en la imprenta antuerpiense de Martín Nuncio, y que dedicó a don Gómez de Figueroa, conde de Feria. En el privilegio para Castilla y Aragón (Bruselas, 14-feb- 1557) se le otorga merced no sólo para esta obra sino también para otra, titulada Triunfos morales[v]. En el Privilegio para los Países Bajos se cita al autor como “Francisco de Guzmán Capitaine Espagnoll’, y se nos informa que los censores de sus dos obras fueron Juan Páez de Castro y Antonio de Castillejo, obispo de Trieste: “l ‘vng intitulé los Triumfos morales, visité par le docteur Jean Paez Cronicqueur de Sa maiste, et l ‘aultre intitulé Flor de sentencias, visité par le uesque de Trieste de la maison a chapelle de Sa dicte Maiste”.

Poco más sabemos, sin embargo de este militar español. Guzmán incluye a Erasmo entre los sabios de su Flor de sentencias, solo junto a un amplio elenco de autores clásicos, griegos y romanos, glosando con versos en castellano buena parte de los apotegmas del roterdano, cuya obra es la fuente principal de la que el español se nutre para redactar su obra, sin pudor alguno por ello. Los Apotegmas de Erasmo ya habían tenido en España dos traductores, el bachiller Francisco Thámara, catedrático en Cádiz, y el maestro Juan de Jarava, médico, quienes publicaron sus versiones, bastante libres, en Amberes, en 1549. Francisco de Guzmán retorna los textos originales de Erasmo en su Flor de sentencias, y los glosa en castellano. La intencionalidad política de Guzmán tampoco pasa desapercibida. Los apotegmas de Plutarco, editados y comentados por Erasmo, eran una obra recomendada para la lectura de los gobernantes cristianos. En los inicios del reinado de Felipe II parecía lógico que los temas de Plutarco y de otros autores fueran recordados y que, tratándose de un monarca español, se glosaran en castellano, en homenaje al nuevo Rey. Así, sobre la prudencia:

Bien assi como no cabe

en buen juizio tomar

vihuela para tocar

el que tocarla no sabe:

assi razon no consiente

que tome cargo de gente

menos darsele de una,

pues guiarla mal sabria

el que no fuere prudente. “

Pero Guzmán no sólo se muestra como un lector más o menos atento de los apotegmas de Plutarco, sino como un rendido admirador de la obra del humanista holandés. En no pocas ocasiones, la cita de la sentencia van acompañada de la simple referencia “Erasmus”, lo que sugiere una procedencia distinta. Tampoco cabe suponer que Guzmán obviara la consulta de sus Adagio para completar su rica colección de sentencias. Un ejemplar fue entregado por el autor a Felipe II. Guzmán publicara al mismo tiempo sus Triunfos morales, en la imprenta de Nucio, y dedicados a Felipe II. Como en otras ocasiones, un ejemplar fue encuadernado por Plantino para ser ofrecido al rey, o a su esposa inglesa, según anota en uno de sus libros de cuentas, el 6 de mayo de 1557, a nombre de Nuncio: “Reilé un Tiumphos avec les armoiries d’Angleterre”(Gonzalo Sánchez-Molero 1997, 772)

El soldado Chaves

Entre los soldados españoles que pertenecieron al grupo reformado de Pedro Jiménez está el soldado apellidado Chaves. Dice Tellechea que Chaves comenzó a aprender gramática, le pusieron en la mano el Nuevo Testamento y le admitieron en el grupo. Parece extraño que un grupo tan selecto como fue el de Pedro Jiménez, aceptase a un aparentemente hombre sin letras como lo cree Tellechea.


[i] Los judíos en la España moderna y contemporánea Autor Julio Caro Baroja.Ediciones ISTMO, 1978 Pág.240

[ii] Historia de Felipe II, Rey de España. Evaristo San Miguel y Valledor .Salvador Manero, 1867 Pág.140

[iii] La carta de Francisco de Salazar a Carlos V se encuentra parcialmente en Colección de documentos inéditos para la historia de España .-Autor                  José León Sancho Rayón.-Impr. de la viuda de Calero, 1848

[iv] De aquel que la cristiana poesía/ tan en su punto ha puesto en tanta gloria/ haga la fama y la memoria mía/ famosa para siempre su memoria./ De donde nasce adonde muere el día/ la sciencia sea y la bondad notoria/ del gran Francisco de Guzmán qu’el arte/ de Febo sabe ansi como el de Marte. Obras completas: todo Cervantes en un volumen. Sevilla Arroyo Editorial Castalia, 1999.- Pág 124

[v] Triumphos Morales de Francisco de Guzmán, Impresa en Alcalá de Henares en casa de Andrés de Angulo, 1565.-  402 págs. Esta obra está dedicada a Felipe II y en los márgenes se explica el verso cuyas fuentes son los clásicos pero fundamentalmente la Biblia con los libros apócrifos.

Escrito por Manuel de León

Published in: on 19 septiembre 2009 at 19:04  Comments (5)