Trento y la Reforma protestante en España


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Doris Moreno (Moreno & Fernández Luzón, 2005, pág. 52) nos introduce en un tema sensible como es la vida de ciertos padres conciliares de Trento que tuvieron que estudiar los doctrinas de Lutero y cayeron atrapados en sus redes evangélicas. La verdad solo podía ser enfrentada o perseguida y algunas conciencias despiertas y ejercitadas prefirieron obedecer a Dios antes que a los hombres. En Trento, en la Italia norte, ya durante la primera sesión del Concilio, aparecen unos personajes singulares que muchos de ellos abrazarían el protestantismo dentro de una búsqueda continuada y sincera de una reforma primero católica dentro del seno de Roma y después claramente protestante. Muchos de estos protagonistas son importantes puesto que ejercieron una influencia indirecta en la sociedad y cultura religiosa española, como el cardenal Pole, Giovanni Morone, Bernadino Ochino, Marcoantonio Flaminio, Pietro Carnesecchi, etc. y que definitivamente se inclinarían por la doctrina evangélica y reformada. En la casa italiana de Diego Hurtado de Mendoza, que actuaba como embajador imperial, se reunían alrededor de su voluminosa biblioteca y con un buen número de obras de Lutero y otros reformadores, para debatir las ideas reformadas y refutarlas en el Concilio de Trento. Allí estaban también los conciliares españoles como Alonso de Castro, Bartolomé de Carranza y Juan Morillo. En aquellas reuniones no habría acuerdo en el modo de manifestar las refutaciones. Alonso de Castro pareció entender mejor la profundidad de estas doctrinas y publica, en 1547, el tratado De iusta haereticarum punitione (Salamanca 1547) en donde expone la necesidad de castigar al hereje por la peligrosidad de las doctrinas luteranas e instaba a los reyes cristianos a ejecutar las leyes sobre los pertinaces con el máximo rigor, como bien lo hacía en España la Inquisición.

El arzobispo Bartolomé de Carranza publicará su Catecismo de doctrina cristiana en 1557, diez años más tarde, e introduciría textos de Lutero y Melanchton leídos o interpretados desde el catolicismo, pero que su lectura no pasó desapercibida a los ojos de Melchor Cano y su nada amigo el Inquisidor General Fernando Valdés. En 1558 sería procesado Carranza, siendo el primado más importante del mundo, y su causa duraría diecisiete años, muriendo al poco tiempo en Roma como sospechoso de herejía. El caso de Juan Morillo lo consideraremos más detenidamente ya que hasta formó congregación con franceses e ingleses exilados,  con sus respectivos cultos de fe reformada.

La influencia italiana en España de estos llamados “spirituali” es mayor de lo que podemos imaginar y que los investigadores actuales están poniendo cuidado en no perder estas pistas que explican la rápida irrupción de un protestantismo larvado y enclaustrado durante muchos años en España. No hemos de olvidar que la influencia de Juan de Valdés sobre los hombres  y mujeres más influyentes de Italia, quienes posteriormente abrazarían el protestantismo, repercutieron en el adoctrinamiento de los españoles que iban al Concilio de Trento y pasaban largas temporadas en Italia. Dice Menéndez y Pelayo, basado en el testimonio de Fray Bernardino de la Fresneda, que el “Doctor Morillo, aragonés, gran hereje, que venía del Concilio de Trento y traía de allá errores luteranos”: el subraya de allá como particularidad sorprendente. Morillo explicaba su luteranismo por las enseñanzas que recibió del Pole y de Carranza, sospechosos ambos, en efecto, de luteranismo en materia de justificación” (Bataillon, 1995, pág. 516)

Está pues claro como dice también Bataillon que tanto Carranza, como Constantino Ponce o Agustín Cazalla que estuvieron con el emperador  Carlos V y su hijo Felipe II en diversas campañas europeas y que un día aparecieron herejes, no fue por casualidad ni por generación espontánea. Bataillon dice que Menéndez y Pelayo pasó de largo por la verdad histórica que se ocultaba y que no era otra que Carranza estuvo en contacto con los valdesianos. Debió conocer a Juan de Valdés en la primera temporada de Italia por 1539 y saborear sus Consideraciones divinas. Después se relacionaría frecuentemente en la época del Concilio con el obispo Priuli, Flaminio, Pole y Morone. Alrededor de Juan de Valdés se movían un grupo de “persone nobili e illustri” que no formaba una iglesia, ni una secta, sino que eran espíritus ansiosos de otro tipo de Iglesia, la del “regno di Dio”, y entre las que se encontraban miembros de la corte como Segismundo Muñoz y Juan de Villafranca, y otros cuarenta o sesenta ilustres más que, veinte años después de la muerte de Juan de Valdés, murieron en la hoguera. Entre estos personajes y otros desconocidos aún, no solo estaba Julia Gonzaga o Carnesecchi que murió en la hoguera en 1567. Valdés había influido no solo en Nápoles, sino también en Viterbo, Verona y Venecia, en predicadores como Bernardino Occhino, fundador de los capuchinos, Vermigli, el poeta Marcoantonio Flaminio, obispos como Vergerio, Giberti, Soranzo o el comentado Priuli; cardenales de la talla de Contarini, Del Monte, Morone, Reginald Pole  arzobispo de Londres, Sadotelo, Seripando, etc. Este grupo evangélico y espiritualista tendría una influencia oculta y no fácil de explicar si no fuese por los resultados de ser el origen de la Reforma en España e Italia.

Datos como los explicados por  Juan Hurtado de Mendoza embajador en Venecia después de la partida de don Diego, indican la complicidad de ideales de los italianos con los españoles y viceversa: “Estando en el Concilio de Trento e muchos prelados de estos reinos y algunos religiosos en él, y en Venecia Don Juan de Mendoza por embajador del Emperador, vinieron a aquella ciudad don Pedro de Navarra e fray Domingo de Soto, e con él por compañero Fray Bartolomé de Miranda; el don Pedro de Navarra, obispo a la sazón de Badajoz, se pasó a posar en casa de un vasallo de su Magestad llamado Donato Rullo, calabrés, intrínseco amigo de el Cardenal de Inglaterra e de Ascanio Collona et de un gentilhombre veneciano eclesiástico llamado Priuli… Una e otra vez me paresce que vino, estando yo allí, el Rmº. Arçob. de Toledo que agora es, con ocasión de imprimir un libro (sin duda la Summa conciliorum 1546) e que continuaba la amistad e conversación del Calabrés así como lo hacían el obispo de Badajoz, e al tiempo que primero dixe se avían hallado juntos en Venecia. E no puedo decir por eso que esta conformidad así de los italianos con los nuestros como de los nuestros con ellos fuese sobre cosa de error ni mala, antes en lo aparente era bueno que malo quanto a lo moral, quanto a los orthódoxico también davan alguna muestra de llevar camino pisado de pocos” (Bataillon, 1995, pág. 517) En el  proceso de Carnesecchi aparecen acusados de herejía luterana la mayoría de estos nombres que estaban relacionados con el  círculo de Juan de Valdés: Apolonio Merenda, Flaminio, Priuli, Donato Rullo, etc.

Cierta historiografía ha acusado a estos autores de nicodemismo, de falta de valentía. Pero, en realidad, hay que considerar que para los miembros del evangelismo era importante activar la reforma a través de la cultura y que además consideraban esencial para esto defender la Sagrada Escritura y anhelaban un cristianismo simplificado, adogmático, interior. Pero aún así mirado, todas estas características rompían con la Roma dogmática, exterior, imperial y majestuosa en su representación de la religión, alejada de la Escritura y amante de la Tradición y férrea dogmatizadora para cada circunstancia. En este sentido las investigaciones sobre la Reforma en Italia de Delio Cantimori y Aldo Stella sobre las diásporas de Polonia, Transilvania, Moravia en aquellos reformados evangélicos que siempre estuvieron fuera de toda obediencia y estaban más en contra que con la Iglesia romana, teniendo que refugiarse en el exterior como lo hicieron Mattia Flacio Illirico, Pier Martire Vermigli, Celio Secondo Curione, Pier Paolo Vergerio. El coloquio nocturno de San Pablo fuori le mura entre Pole y Carafa reveló que también en la vertiente opuesta se había advertido la presencia de hombres que no querían agruparse, pero que manifestaban simpatías por doctrinas consideradas “luteranas”.

Ya Ranke había intuido agudamente que personajes como Pole, Cortese, Morone, Contarini…, se habían acercado a posiciones protestantes, sin compartirlas totalmente. El evangelismo de estos personajes era, por tanto, “de frontera” —más de hecho—, en el interior del mundo católico, que intentaban renovar.” En un momento de crisis de las instituciones eclesiásticas la obra venía al encuentro de una necesidad concreta de salvación, y lo resolvía en un modo que un dominico austero y atento como Catarino lo juzgaba pelagiano. ¿Fue Flaminio el que introdujo amplios retoques inspirados en Calvino? ¿Mas, qué Calvino era? Flaminio (1498-1550), amigo de Giberti, con él dejó Roma en 1527 y lo siguió a Verona en 1538. Dos años habría sido molestado por tener libros luteranos. En 1540 va a Nápoles, donde conoce a Valdés y Carnesecchi. En la confesión que éste hará ante el tribunal de la Inquisición, estamos en conocimiento de una revisión hecha por Flaminio, que introdujo pasajes sobre la justificación por fe, como si fuera doctrina católica. Murió en Roma asistido por Carafa, en cuyas manos hizo una profesión de fe clara y explícita, mientras Carnesecchi preferirá la muerte a la abjuración.”[1]

Bataillón mantiene que solo estos contactos con los italianos “spirituali” son la contribución de Europa a la Reforma en España y que si se vieron incitados a romper con la Iglesia oficial para abrazar confesiones heréticas no fue por sus intercambios de opiniones con extranjeros. “Se convencieron de que la religión tal como ellos la concebían era también la religión de los mejores espíritus de todas las naciones, de que su triunfo era la meta de los esfuerzos del Emperador, y de que el Concilio tenía finalmente que hacerla suya si quería renovar la Iglesia” (Bataillon, 1995, pág. 517) Todos sabemos que el Concilio de Trento no siguió esta línea evangélica y reformadora. Estos espíritus buscadores del “Reino de Dios”, de la interioridad, de la conversión a un Dios verdadero y no de “madera”, entendieron mejor que ninguno lo que suponía la Reforma de Europa, revuelta y radical, pero con raíces en el Evangelio y en las fuentes primeras. Pero también creemos que aunque la Reforma en España tenga raíces iluministas y erasmistas, Lutero no era un ignorado en España precisamente por el intercambio cultural y religioso no solo del Concilio de Trento, sino de la influencia de la imprenta para introducir las doctrinas reformadas y el intercambio social y laboral con las naciones de Europa. Esto lo hemos ido demostrando.

La visión que tenían del Concilio de Trento los protestantes españoles era crítica. Se esperaba en primer lugar un Concilio general, que fuera libre y cristiano, sin depender del papa. Que se buscara la verdad, para gloria de Dios y bien del prójimo. Que se tuviesen a los libros canónicos de la Sagrada Escritura como base, siendo la tradición, la opinión de los Padres de la iglesia y acuerdos de otros Concilios, solo criterio válido si estaban de acuerdo a la Sagrada Escritura. Y que el Concilio se celebrara en un lugar donde no hubiera que temer ni traiciones ni asesinatos. Pero el más crítico era el reformador Francisco Enzinas que se había ocupado de publicar en latín documentos de las cinco primeras sesiones del Concilio tridentino. Bullinguer le había enviado algunos documentos para que los incluyera en su obra. Menéndez y Pelayo dice que la exposición de Enzinas “es una invectiva contra el Concilio de Trento, tan brutal y apasionada como vulgar en el fondo; libelo al cual solo da valor la rareza bibliográfica”; que tiene “notas burlescas” al comentar las cinco sesiones del Concilio, además de añadir Enzinas unos versos latinos titulados “Antítesis entre Pablo, Apóstol de Tarso y el moderno Paulo III, pirata romano…”. Sin embargo esto no parece ser tan injurioso para los historiadores actuales que han tenido noticias de que Paulo III ordenó la muerte de su hermano Jaime Enzinas que fue quemado vivo. Para Jean de Savignac que fue el primer traductor de las “Memorias” de Francisco de Enzinas, considera que la crítica que hace en sus “Acta Conciliis Tridentini anno MDXLVI (1546)” publicada en la imprenta de Oporinus en Basilea “sea una de las más agudas”. (Gutiérrez Marín, Enrique Bulliguer: Vida, pensamiento y obra, 1978, págs. 74-75)

Pero no seríamos objetivos en estas consideraciones preliminares a Trento y la Reforma, sin citar a Llorente cuando relata los “procesos formados en la Inquisición contra los prelados y doctores españoles del concilio tridentino y contra otros obispos”. Ciertamente Llorente calla al doctor Morillo, primero de este apartado, posiblemente porque a él le interesaba más denigrar los métodos inquisitoriales que indagar en las doctrinas evangélicas de estos personajes abiertos a las nuevas ideas. Sin embargo reconocerá que el celo de los inquisidores y de Felipe II por perseguir a “los luteranos que se daban a conocer como tales en sus conversaciones, papeles, cátedras y púlpitos”, llegó también a los hombres grandes que, por su eminente virtud y profunda ciencia teológica, tenían el honor de padres de la fe y doctores de la ley en el concilio Tridentino contra las opiniones luteranas, tuvieron la suerte de de ser censurados y perseguidos como sospechosos de profesar y sostener en su corazón, aquellos mismos errores que tan vigorosamente combatían con sus plumas y lenguas. ¿ Y quiénes tenían tan grande osadía? los que por no haber estudiado tanto como aquellos venerables, ni tener talento capaz de contrarrestarles, blasfemaban lo que ignoraban conforme a la expresión de san Pablo”.


[1] http://www.esteologia.com/newpage166.htm. Historia de la Iglesia: La Lucha por la unidad de la Iglesia.

Publicada on 19 octubre 2009 at 12:27  Dejar un comentario  

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